Economía asociativa
Economía asociativa no es cooperativismo
Cada vez que uno dice «asociativo», alguien contesta «ah, cooperativas». Y la conversación se termina ahí. No es lo mismo, y la diferencia no es de tamaño ni de estilo: es de raíz. Seis contrastes, y un lugar donde la cooperativa sí entra.
La confusión es entendible. Las dos cosas nacen del mismo malestar del siglo XIX, las dos hablan de solidaridad, las dos rechazan que el capital sea el que manda. Cualquiera las pone en la misma bolsa.
El problema es que meterlas en la misma bolsa hace desaparecer justo aquello que la economía asociativa vino a decir. Y entonces la propuesta queda archivada como «cooperativismo con vocabulario raro», que es exactamente lo que no es.
Empecemos por la raíz. Todo lo demás se deduce de ahí.
La raíz: una categoría prestada
La cooperativa se define por una frase: un socio, un voto. El capital no manda; manda la persona, y todas las personas valen igual.
Esa frase es magnífica. Pero mirémosla bien: lo que dice es igualdad. Y la igualdad es el principio propio de la vida del derecho —donde efectivamente todos valemos lo mismo, donde el voto es el instrumento correcto y donde la mayoría decide con legitimidad.
La cooperativa toma ese principio, que es la respuesta correcta a la pregunta jurídica, y lo trasplanta a la vida económica. Y lo hace porque la vida económica estaba en manos del capital, y había que arrancarla de ahí. Fue una operación necesaria y sigue siéndolo.
Pero es una categoría prestada. Resuelve el problema del poder dentro de la empresa. No resuelve el problema económico propiamente dicho, que es otro y aparece recién cuando la empresa mira hacia afuera: cómo se decide, entre gente que hace cosas distintas, cuánto vale lo que cada uno hace.
A esa pregunta la igualdad no le contesta nada. Podés votar entre socios cuánto se le paga al gerente. No podés votar cuánto vale el trigo del vecino, porque el vecino no está en tu asamblea. Y si estuviera, votarían intereses contra intereses.
La economía asociativa parte de que el principio propio de la vida económica no es la igualdad sino la fraternidad: no decidir por mayoría, sino percibir la necesidad del otro y actuar en consecuencia. No es una consigna moral. Es una afirmación técnica sobre qué información hace falta para que un precio sea correcto, y sobre quién tiene que estar en la sala para producirla.
De ahí salen los seis contrastes.
Quién se sienta a la mesa
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Cooperativa productor productor productor productor Iguales en función. |
Asociación productor elaborador comercio consumidor Distintos en función. |
Seis diferencias
1 · Quién es socio
La cooperativa agrupa iguales en función: todos productores, o todos consumidores, o todos trabajadores. Su fuerza viene de la homogeneidad. La asociación agrupa funciones distintas: si no están el que produce, el que elabora, el que vende y el que consume, no hay asociación. Su fuerza viene de la heterogeneidad. Son criterios de admisión opuestos.
2 · Qué se decide
La cooperativa decide sobre una empresa: qué producir, quién gestiona, qué se hace con el excedente. La asociación no tiene empresa y no gestiona nada. Decide sobre las magnitudes que atraviesan a varias empresas: precio, cantidad, calidad. No es una empresa más grande. Es un órgano de percepción y de juicio.
3 · Cómo se decide
Acá está el nervio. La cooperativa decide votando: cuando hay desacuerdo, se cuenta. La asociación decide informándose: cada uno pone sobre la mesa sus números reales —qué le cuesta producir, cuánto necesita para vivir, cuánto puede pagar— y el acuerdo llega por comprensión del conjunto. Votar en una asociación sería una derrota: significaría que una mayoría le impuso un precio a una minoría. O sea, poder otra vez, apenas mejor repartido.
4 · De dónde sale el precio
La cooperativa negocia el precio con el eslabón de al lado. Negociar es partir de intereses opuestos y encontrarse en el medio, donde el más fuerte empuja más. La asociación forma el precio. La medida no es la fuerza relativa, es esta:
Un precio es justo cuando quien produce algo recibe lo suficiente para cubrir sus necesidades —y las de quienes dependen de él— hasta haber vuelto a producir un producto equivalente. Rudolf Steiner · Curso de economía política, 1922
Un precio deja de ser el punto donde se cruzan oferta y demanda, y pasa a ser la respuesta a una pregunta sobre la necesidad concreta de una persona concreta. Esa pregunta el productor no puede contestarla solo, ni el consumidor tampoco. Solo la contesta una mesa donde estén los dos, con las cartas a la vista.
5 · Qué es el excedente
En la cooperativa, el excedente es un logro: vuelve a los socios en proporción a lo que cada uno operó. En la economía asociativa, un excedente sistemático en un eslabón es un síntoma: alguien está sacando de más, y ese de más salió del eslabón de arriba, del de abajo o de la tierra. La tendencia asociativa no es repartir la ganancia entre los socios, sino corregir el precio, y llevar lo que sobre hacia donde no puede autofinanciarse —investigación, formación, semilla, tierra—.
6 · Qué se hace con el mercado
La cooperativa mejora la posición de sus socios dentro del mercado. Acepta el mecanismo y trata de ganar adentro de él, con más poder de negociación. La asociación se propone reemplazar el mecanismo: cambiar el precio-por-fuerza por el precio-por-juicio. No es negociar mejor. Es dejar de negociar.
La consecuencia incómoda
Poné dos cooperativas ejemplares, una de consumo y una de productores, a comprar y vender entre sí.
La de consumo necesita, legítimamente, comprar barato para sus socios. La de productores necesita, legítimamente, vender bien para los suyos. Las dos son democráticas. Las dos tienen razón. Y siguen enfrentadas.
El árbitro entre ellas vuelve a ser el mercado, y gana la que tiene más espalda. Democratizar la propiedad no democratiza el precio. Eso no es un defecto del cooperativismo: es que esa pregunta no es la suya.
Dónde entra la cooperativa
Marcadas las diferencias, hay que decir la otra mitad: una asociación puede tener cooperativas adentro, y en la práctica es lo que pasa. No son alternativas que se excluyen. Son piezas de distinto orden.
Oikopolis, en Luxemburgo, es el caso que lo prueba. Nace en 1988 como cooperativa de agricultores orgánicos y biodinámicos: la BIOG. De ahí salen las tiendas Naturata, el mayorista Biogros, una lechería. En 2005 se crea la holding del grupo, y tiene tres grupos de accionistas: los agricultores —representados por la cooperativa BIOG—, las empresas comerciales, y los consumidores como accionistas individuales. Los dueños del grupo son los tres eslabones reales de la cadena.
Y por encima de eso, la práctica: rondas periódicas donde agricultores, elaboradores, comercios y consumidores discuten cantidad, calidad y precio hasta acordar. Los productos que pasaron por esa mesa llevan un sello propio: fair & associative.
La cooperativa no fue reemplazada. Fue integrada como uno de los miembros de la mesa. Es la diferencia entre ser el todo y ser una parte.
Odin, en Países Bajos, muestra lo mismo con otra combinación. Es una cooperativa de consumo con más de veinte mil socios copropietarios. Pero le sumó dos capas que el cooperativismo no trae de fábrica: la Fundación Sleipnir como socia de capital bajo un esquema de custodia —las ganancias no se reparten entre socios, vuelven al sistema y bajan como precio justo hasta el agricultor—, y el trabajo asociativo explícito con los productores que le venden. Odin no le compra a los agricultores: se sienta con ellos.
Tres preguntas, tres respuestas distintas: la cooperativa gobierna, la fundación custodia el capital, la asociación forma el precio. Ninguna hace el trabajo de la otra.
Y acá, en escala mínima
La forma asociativa más chica y más verificable ya existe en Argentina: una Granja Biodinámica Sostenida por Asociados. La comunidad de socios se reúne con el agricultor antes de la siembra, mira el presupuesto real de la granja —lo que cuesta producir, lo que el agricultor necesita para vivir— y entre todos lo cubren.
Nadie compra verduras: todos sostienen una granja. El precio no se negocia contra el productor, se forma con él, a partir de su necesidad concreta. Es, textualmente, la fórmula de 1922 funcionando en una asamblea de barrio. Hay granjas trabajando así: Janus, en Río Negro; Mallky, en Córdoba; Épicos.
No hace falta constituir nada. Hace falta sentarse.
Para llevarse
La cooperativa es un cuerpo: tiene socios, estatuto, asamblea, patrimonio. La asociación es una conversación: tiene mesa, información y juicio.
Un cuerpo sin conversación termina compitiendo contra otros cuerpos tan justos como él. Una conversación sin cuerpos se queda en buenas intenciones.
Por eso la pregunta útil no es «¿cooperativa o asociación?». Es: «ya tenemos cooperativa: ¿con quiénes nos falta sentarnos?»
Para seguir
Construyendo desde lo posible
Economía asociativa en la práctica
Los casos de este artículo, documentados en detalle: Oikopolis, Odin, Der Kommende Tag, Kraaybeekerhof, Nearchus, el Biodynamic Land Trust. Qué hicieron, cómo se financiaron, qué les salió mal.
También en el catálogo: Economía Asociativa y La Economía según Rudolf Steiner, de Gary Lamb · La granja que nos sostiene, sobre las BSA.
