Ser antropósofo

Los ocho requisitos que Rudolf Steiner menciono, en 1921, a quienes iban a salir a hablar en su nombre. Y el hecho incómodo que fracasaron.


Stuttgart, febrero de 1921. Unas cincuenta personas están por recorrer Alemania difundiendo la trimembración social. Rudolf Steiner tiene seis días para prepararlas. Podría usarlos para repasar el contenido —la vida espiritual libre, la esfera de los derechos, la economía asociativa— pero eso ya lo saben. Usa los seis días para otra cosa.

Les explica qué hay que ser para que las palabras produzcan algo en el mundo.

De ahí sale un libro rarísimo dentro de la obra de Steiner: no describe mundos espirituales, no expone un sistema. Está enteramente volcado a la acción, y no hace concesiones. Estos son sus ocho requisitos, en el orden en que aparecen a lo largo del curso. Van de la primera conferencia a la última: no son consejos sueltos, son un recorrido.


Uno

Sacate el escepticismo del corazón, o no salgas

Lo primero que pide no es un argumento: es un estado interior. Quien duda de lo que va a decir no puede decirlo, porque —advierte— junto a las palabras viajan cosas imponderables que el oyente percibe aunque nadie las nombre. No se trata de fanatismo: Steiner rechaza explícitamente la convicción ideológica. Se trata de una convicción orientada hacia el futuro y no hacia el miedo.

Dos

Amor a la causa y amor a los seres humanos. Sin eso, nada

Dos condiciones del alma, las llama. Quien habla movido por la ambición o la vanidad va a pronunciar discursos lógicos, inteligentes, bien construidos —y no va a lograr absolutamente nada. El contenido, aun siendo impecable, no tiene efecto si no está sostenido por esas dos fuerzas. Y entonces agrega algo que casi nadie se anima a decir hoy: cada uno debe examinar hasta qué punto tiene esas dos fuerzas dentro del alma, y si descubre que no las tiene, tal vez sea mejor que no participe, porque todo su trabajo se desperdiciará.

Tres

Cada palabra debe ser una acción interior

Acá está el centro del libro. Nos educaron como teóricos —hasta lo que llamamos "experiencia práctica" no es más que rutina, dice— y el resultado es lo que llama una intelectualidad lisiada: gente que ama los pensamientos pero se aterra si se le sugiere que los pensamientos deben convertirse en hechos.

Ser antropósofo, entonces, no es saber antroposofía. Es que el pensar sea ya un acto. Que la palabra no describa la acción: que la sea.

Cuatro

Nada de generalidades: mostrá lo que ya se hizo

"Describan cosas que surjan de la vida real." Y es literal. Cuenten cómo nació la escuela Waldorf. Cómo el edificio quedó chico. Cómo hubo que levantar galpones de madera porque no alcanzaba la plata —"a veces es útil que la gente sepa que no teníamos suficiente dinero". Cuenten cómo se escriben los boletines: en vez de "apenas suficiente", una pequeña biografía y un verso para cada chico.

La obra hecha es el argumento. La jerga antroposófica no convence: aleja. Y una iniciativa concreta, contada con sus penurias incluidas, explica la trimembración mejor que cualquier esquema.

Cinco

Interesate por el mundo. El movimiento no lo hace

La crítica más filosa del curso no apunta a los adversarios: apunta a los propios. El movimiento antroposófico —dice a quienes llevan años en él— ha avanzado de tal manera que sus miembros tienen muy poco interés en lo que realmente está pasando en el mundo que los rodea.

Lo que pide es lo contrario: leer a los economistas, conocer a fondo a quienes nos atacan, seguir lo que ocurre cada día, tomar posición. Sin interés ardiente por el mundo no hay nada que decirle a nadie. El repliegue en el círculo de los que ya están de acuerdo es, en este libro, justamente lo que hay que dejar atrás.

Seis

Veracidad total, aunque se pierda

Bajo ninguna circunstancia hay que ocultar el fundamento antroposófico del trabajo, ni siquiera cuando funciona como un trapo rojo delante de un toro. Su frase: el problema no es el trapo rojo, es el toro.

Lo único que vale son las cosas logradas con veracidad y honestidad absolutas. Una posición ganada callando algo incómodo, o no se ganó de verdad, o no vale nada. Se perderá terreno en algún lado; cada terreno que se gane así, será bueno.

Siete

Solo, nadie juzga bien

En la vida económica —dice— nos equivocamos como individuos cada vez que actuamos a partir del juicio individual. Y de ahí se desprende, con certeza apodíctica, la necesidad de las asociaciones.

Esto no es una preferencia moral por lo comunitario. Es una limitación del órgano. Nadie conoce solo las necesidades ajenas, ni el estado de la producción, ni el del comercio, ni el del transporte. El juicio económico verdadero no cabe en una sola cabeza: hay que construir el órgano que sí puede formarlo. La comunidad no es el ámbito cálido donde se aplican las ideas. Es el único instrumento con el que se puede percibir lo real.

Ocho

La última superstición es no creer en el ser humano

El curso termina donde tenía que terminar. Creer que las cosas las hacen las "fuerzas de producción", el mercado, el Estado, el destino, la coyuntura: eso —dice— es la superstición final. Lo que corresponde es pasar de la oración pasiva a la oración activa, hasta poder decirse una frase sencilla y terrible:

"Lo que experimente como buena o mala suerte, como institución social o como algo en la vida externa: todo eso lo haré yo mismo."


Y ahora el dato incómodo

Ese curso fracasó.

Los cincuenta salieron. Recorrieron Alemania. Y en 1923, mirando hacia atrás, Steiner dictó un veredicto devastador sobre lo que había desatado: una horda sobre el público alemán, un eco grotesco. Fue el último intento de difusión masiva de la trimembración y, lejos de abrir camino, hizo daño. La campaña de Alta Silesia, que ocupa la segunda parte del libro, terminó con la Editorial acusada de traición en la prensa alemana.

Tenían las condiciones escritas —las ocho, dictadas por el propio Steiner, seis días seguidos— y las incumplieron igual.

Eso es exactamente lo que impide leer este libro como un conjunto de indicaciones que alcanza con conocer. Conocer el requisito no es cumplirlo. Entre saber qué se necesita y ser eso que se necesita hay una distancia que no se cruza leyendo, ni tomando notas, ni acumulando conferencias. Se cruza haciendo algo, con otros, en el mundo, y equivocándose ahí.

Por eso la última línea del curso no es una conclusión: es una tarea. Steiner los despide diciéndoles que quisiera que salieran al mundo como personas del mañana, y que sus palabras llevaran impresa esa conciencia.

Cien años después la pregunta sigue abierta, y es personal. No: "¿entendí la antroposofía?". Steiner pide otra cosa: examinar hasta qué punto tenemos esas fuerzas dentro del alma, y ponerse a desarrollarlas. Entonces: ¿cuál de estos ocho requisitos estoy desarrollando ahora, y en qué obra concreta?


Escribinos con tu respuesta. Si sos docente, agricultor, si tenés una iniciativa, un grupo de estudio, una granja, una escuela que recién arranca: eso que estás haciendo es el argumento del que habla Steiner. Contanos qué estás haciendo y con quiénes. De las respuestas que recibimos sale lo próximo que publicamos.

Los ejes de este texto provienen de Comunicando Antroposofía. Un camino interior hacia la trimembración social y el ser antropósofo (CW 338), doce conferencias dictadas por Rudolf Steiner en Stuttgart en 1921, en edición castellana de Editorial Biodinámica · Stay True.